No voy a ser el pie de página de nadie. Martha Gellhorn.

Tal vez muchos de ustedes la conozcan. Yo, debo confesar, la conocí cuando HBO estrenó la película Hemingway & Gellhorn. Y se convirtió en una de mis mujeres preferidas de la historia. Aunque el film es entretenido (ayuda que Hemingway fuera interpretado por Clive Owen) la realidad es que no le hace justicia a la vida fecunda de Martha Gellhorn.

Nació en St. Louis, Missouri, el 8 de noviembre de 1908, hija de un matrimonio poco convencional para la época: un ginecólogo y una sufragista. Su madre la llevaba desde pequeña a manifestaciones a favor del voto femenino.  De ellos heredó la pasión por viajar, su rebeldía y su determinación por vivir la vida plenamente.

Su idea primaria fue dedicarse a la literatura, pero antes de graduarse en el Bryn Mawr College, en Filadelfia, abandonó los estudios para consagrarse al periodismo. El sueño comenzó a hacerse realidad a fines de los años 20 cuando aparecieron sus primeros artículos en The New Republic. 

Llegado el año 1930, en un contexto de depresión en los Estados Unidos (que más tarde se extendería al mundo entero), Martha viajó a Francia donde se dedicó a escribir para la agencia United Press International de París. Los dos años que vivió en Francia fue activista en un movimiento pacifista y esa experiencia quedó plasmada en su primer libro, del año 1934, llamado What Mad Pursuit.

Al volver a los Estados Unidos fue contratada por un organismo gubernamental creado por el presidente Roosevelt, la F.E.R.A. (Administración Federal de Ayuda de Emergencia), como investigadora de campo. Su trabajo consistía en viajar y reportar los efectos de la depresión en distintas partes del país.

Allí tuvo la oportunidad de trabajar con Dorothea Lange, la famosa fotógrafa de la Gran Depresión. Ambas fueron pioneras y accedieron a lugares a donde las mujeres no llegaban en aquella época. La osadía de Gellhorn llamó la atención de Eleanor Roosevelt (esposa del presidente Franklin Roosevelt), quién quiso conocerla y se hicieron amigas de por vida.

Todo lo que vivió en esta etapa de su vida lo contó en un libro de historias cortas publicado en 1936, llamado The trouble I’ve seen.

Ese mismo año, en una fiesta navideña en Key West, conoció a Ernst Hemingway, quién, a pesar de estar casado y con tres hijos, no dejaba de pensar en Martha. Era una mujer muy distinta a todas las que había conocido. Ambos coincidieron en un viaje a España para reportar la Guerra Civil Española y la participación de las Brigadas Internacionales.

Martha describió los horrores de los bombardeos y la muerte en Madrid y envió sus notas a la revista Collier’s. Para su sorpresa, la contrataron. Así se convirtió en corresponsal de guerra. Una mujer corresponsal de guerra. No abundaban en los años 30.

En sus artículos hacía hincapié en la vida diaria en la guerra, no en las batallas. Ella se enfocaba en las madres que cuidaban a sus hijos, en los huérfanos, en como se vivía el día a día en medio del fuego y los bombardeos. En una carta a Eleanor Roosevelt, Martha escribió su experiencia: Este país es demasiado bello como para que los fascistas lo hagan suyo. Ya han convertido Alemania, Italia y Austria en algo tan repugnante que incluso el paisaje es feo.

España fue importante también porque fue allí donde comenzó un romance con Hemingway. Además de la Guerra Civil Española, Martha viajó por Europa cubriendo eventos políticos importantísimos como el ascenso de Hitler. Estuvo en Finlandia, Hong Kong, Checoslovaquia, Burma, Singapur y Gran Bretaña. Siempre detrás de las noticias.

Su relación con Hemingway fue afianzándose pero ella nunca permitió que el romance interfiriera en su carrera. Se casaron en 1940, luego del divorcio de Hemingway de su segunda mujer. Se fueron a vivir a Cuba, a una finca en La Habana llamada Finca Vigía. 

Fue en ese país que Hemingway terminó de escribir una de sus novelas más conocidas, dedicada a su inspiración, Martha Gellhorn: Por quién doblan las campanas.

Juntos cubrieron la Segunda Guerra Mundial y llegaron a entrevistar a personajes como Chiang Kai-Shek y  Ho Chi Minh.

Desde 1943 se separaron de hecho por los viajes de corresponsal que cada uno tenía por su lado. En 1945 Martha le pidió el divorcio. No voy a ser el pie de página en la vida de nadie, fue la sentencia de Gellhorn. Fuera de esto, nunca habló en público sobre su romance y matrimonio con el escritor.

Durante la Segunda Guerra Mundial cubrió el bombardeo nazi a Londres y el desembarco en Normandía desde un barco hospital y desde las playas de Omaha. Tantos frentes de batalla, muerte, desolación, ciudades desintegradas por bombas, familias partidas, huérfanos. Creyó haberlo visto todo, pero no imaginaba que estaba por descubrir el mayor horror que presenciaría en su vida.

Martha llego al campo de concentración de Dachau , el 7 de mayo de 1945, el día que se rindió Alemania. El espectáculo siniestro la atravesó como una bala. Su imaginación no podría haber previsto la realidad que le estallaba en la cara. E hizo lo que pudo, lo que sabía: escribir. 

Detrás del alambrado y de la cerca eléctrica los esqueletos se sentaban al sol a sacarse piojos (…) Ellos no tenían rostro ni edad; ellos lucían todos iguales, parecido a nada de lo que pueden ver en sus vidas, si tienen suerte. (…) En su felicidad por la libertad, muchos prisioneros corrían hacia las cercas y morían electrificados. Estaban aquellos que morían de alegría, porque el esfuerzo de la felicidad era mayor a lo que sus cuerpos podían soportar. Estaban también los que morían por comer, porque ahora que tenían comida, comían hasta saciarse. No tengo palabras para describir a los hombres que han sobrevivido a este horror por años…”

Más tarde confesaría que hubo dos momentos en los que perdió la fe en la humanidad: en la Guerra Civil Española y al ver el campo de Dachau.

En 1949 adoptó un niño en un orfanato italiano. George Alexander Gellhorn, su único hijo. Cinco años después, en 1954,  se casó con un ex editor de la revista Times, Tom Mathews y se estableció en Londres. Aunque se separó de él en 1963, ella nunca abandonó Londres como su lugar de residencia. Como Martha era muy cuidadosa de su vida privada, con respecto a su hijo hay varias versiones y no pude confirmar ninguna. Algunas versiones dicen que George fue su único hijo adoptado. Otras dicen que además de George tuvo un hijo, Sandy, con Tom Matthews. Una tercera versión dice que a George le decían Sandy y es un solo niño. A mi entender, esta situación no es de relevancia acá porque lo que nos compete es lo que hizo profesionalmente. Ni sus hijos ni sus amantes ni su vida privada.

Su carrera continuó, investigando y reportando para distintos medios los conflictos internacionales más relevantes: la división de Corea, el levantamiento de Java y el juicio a los jerarcas nazis en Nüremberg. A fines de los años sesenta había decidido dedicarse a las novelas y dejar el periodismo, pero los conflictos del mundo torcieron su espíritu cuando estalló la guerra en Vietnam.

Además de reportar Vietnam para el Atlantic Monthly, relató la Guerra de los Seis Días y fue corresponsal en Nicaragua y El Salvador. A los  81 años, en 1989, voló a Panamá a cubrir la invasión de Estados Unidos a ese país centroamericano. Sólo desistió de participar de la guerra en Bosnia, en los años noventa, aduciendo que ya había pasado los 80 años y no era ágil. Después de una vida observando la guerra, considero que ésta es una enfermedad endémica, y que los gobiernos son sus portadores.

En febrero de 1998, acorralada por un cáncer, la mujer que se enfrentó a todo no iba a permitir que una enfermedad la doblegara. Tan decidida y pragmática como fue su existencia fue su muerte. Tomó un cocktail de pastillas que terminó con los dolores y con su vida.

Dejó una veintena de libros, entre crónicas, biografías y novelas, en las que se puede apreciar, en primera persona, a una mujer que no desperdició un solo segundo de su paso por este planeta.

Bill Buford, editor de la revista The New Yorker, dijo sobre Martha: “Leer a Martha por primera vez es una experiencia asombrosa. No es una cronista, ni periodista ni novelista. Es todo eso junto. Y una de las más elocuentes testigos del siglo XX.”

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