El esposo de Dorothy Phillips

De mi paso por el colegio primario lo que más recuerdo es a la maestra de arte de quinto grado. No era mi materia preferida (a los 46 años sigo dibujando con nivel de desarrollo de niños de 10 años) pero la profesora Liliana fue muy importante.

Muchas veces, en lugar de dar clases, dejaba los acrílicos de lado, colgaba los pinceles y nos leía un cuento. No se me ocurre mayor acto de amor por la docencia que ese. Entender cuándo es momento de dejar lo académico para hacer crecer a los chicos desde lo espiritual.

Me acuerdo especialmente de dos cuentos. Uno de Elsa Bornemann, Pubrecitu, el Cucudrilu, y uno llamado El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga. ¿Cómo olvidar a Horacio Quiroga, autor de aquel cuento que me dejó perpleja por años? Claro, yo tenía 10 y el horror de ese texto me persiguió por mucho tiempo (no tanto como haber visto la película It a los 16 años. Eso fue peor). El caso es que Liliana inició mi curiosidad por Horacio Quiroga.

Leyendo sobre la vida de este escritor descubrí algo que me pareció encantador: era un fanático del cine. Y, tal vez, era más fácil ser admirador del cine en aquella época en la que aún todo asombraba. Hablamos de los primeros años del siglo XX, cuando Quiroga, en parte como sustento y en parte por placer, comenzó a escribir crítica de cine en diferentes medios.

Sus primeros artículos son de 1918 y se publicaron en la revista Caras y Caretas. A lo largo de la década del 20 siguió publicándolos en La Nación, El Hogar, Mundo Argentino y Atlántida.

Es importante aclarar que Argentina fue pionera en la cuestión cine. En 1896 se realizó la primera exhibición de una película en los Estados Unidos y, ese mismo año también, se proyectó por primera vez un film en Buenos Aires. En 1900 se inauguró el Salón Nacional (en Maipú entre Corrientes y Lavalle), que fue la primera sala dedicada exclusivamente a la proyección de cine, con capacidad para 250 personas. Sí, leyeron bien, en 1900.

Asimismo, la producción nacional también fue pionera. Se considera que El fusilamiento de Dorrego, del director Mario Gallo, fue el puntapié inicial para esta industria. Cómo si fuera poco, en 1917, Quirino Cristiani realizó el primer largometraje de dibujos animados llamado El Apóstol (que era una sátira sobre Hipólito Yrigoyen).

No es de extrañar entonces que, siendo tan precoz el desarrollo del mundo del cine en Argentina, Quiroga se hubiera convertido en uno de los primeros críticos.

¿Cómo no iba a estar maravillado este hombre, nacido en 1878, si el siglo XX lo recibía con la imagen en movimiento? Y mejor aún: la imagen contaba historias, relatos como los que él escribía.

Si bien varios de sus colegas consideraban al incipiente cine como un apéndice natural de la literatura, Quiroga entendía a este nuevo arte como autónomo.

En una entrevista de 1927, el autor contó por qué prefería el cine al teatro: El teatro es la simulación de la vida, real o irreal, que se lleva a cabo entre lienzos de papel (…) (el cine) llega a la verdad del escenario, a la sobriedad de la expresión, calidad por excelencia del cine como arte interpretativo.

Pero lo que tenía embelesado al escritor era el cine de Hollywood. Especialmente las estrellas. En un artículo publicado en la revista El Hogar, el 27 de septiembre de 1918, habló un poco de esta fascinación por las mujeres de la pantalla: Porque no debe olvidarse que contadísimas veces en la vida nos es dado ver tan de cerca a una mujer como en la pantalla. Y no sólo las actrices sino la relación entre hombres y mujeres a través del acto más íntimo que pueda haber entre dos personas y que el cine, desde el comienzo, se animó a mostrarlo: el beso.

Si algún puritano se escandalizaba con la exhibición de besos en el cine Quiroga redoblaba la apuesta y escribía al respecto: Todos gustan, admiran y propician este feliz hallazgo del arte de la sombra, este íntimo, estrecho, infinito e indefinible beso final, a que la sala entera suele responder con un hondo suspiro.

Los temas que se trataban en sus artículos no sólo tenían que ver con el argumento de la película sino, muy especialmente, con el trabajo de los actores: las interpretaciones, los roles, los gestos. La escenografía y la estética de los films no quedaban fuera de sus notas. Por ejemplo, una de las críticas que le hacía al cine argentino era la falta de realismo.

Horacio Quiroga no se detuvo en los artículos. Escribió cuatro cuentos relacionados con el cine. Miss Dorothy Phillips, mi esposa (1919) en el que su protagonista, Guillermo Grant, se enamora de una actriz de Hollywood llamada Dorothy Phillips. Grant vuelve a aparecer en otros dos cuentos: El espectro (1921) y El vampiro (1927). El cuarto texto sobre cine fue El puritano (1926).

La exaltación de Quiroga por el cine comienza a decaer hacia fines de los años 20, cuando llegó la novedad: las películas eran habladas. El cine mudo, tan joven, había muerto. Y era el misterio de lo mudo lo que, tal vez, más a traía al autor. De todas maneras, jamás dejó de ver películas. Su última esposa, María Elena Bravo, contó que cuando vivían en Buenos Aires iban todos los días al cine.

Si buscan los artículos que escribió Horacio Quiroga como crítico de cine no los van a encontrar con ese nombre. Es que todos fueron escritos con un pseudónimo: El esposo de D. Ph. Ni más ni menos que el esposo de Dorothy Phillips.

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